Alaíde Foppa
LAS CEJAS Las breves alas tendidas sobre mis párpados
sólo
abrigan el espacio escaso en el que flota una interrogación latente,
al que asoma un permanente asombro.
LA NARIZ Casi un apéndice en la serena geometría
de mi rostro, única recta en la gama de curvas suaves,
el sutil instrumento que me
une al aire. Cándidos olores acres aromas densas fragancias de
flores y de especias - desde el anís hasta el jazmín - aspira trepidante
mi nariz. LA BOCA
Entre labio y labio cuánta dulzura
guarda mi boca abierta al beso, estuche en que los dientes muerden
vívidos frutos, cuenca que se llena de jugos intensos de ágiles
vinos de agua fresca, donde la lengua leve serpiente de delicias blandamente ondula,
y se anida el milagro de la palabra.
LAS OREJAS Como dos hojas de un árbol ajeno
nacen a los lados de
mi cabeza. Por el tallo escondido se desliza la opulencia de los
sonidos, me alcanzan las vivas voces que me llaman.
EL
PELO Dulce enredadera serpentina, única vegetación en la tierra
tierna de mi cuerpo, hierba fina que sigue creciendo sensible a la
primavera, ala de sombra contra mi sien, leve abrigo sobre la nuca.
Para mi nostalgia de ave mi penacho de plumas.
LAS MANOS Las manos débiles, inciertas,
parecen vanos objetos para el
brillo de los anillos, sólo las llena lo perdido, se tienden al
árbol que no alcanzan, pero me dan el agua de la mañana, y hasta
el rosado retoño de mis uñas llega el latido.
LOS PIES
Ya que no tengo alas, me bastan mis pies que danzan
y que no acaban de recorrer el mundo.
Por praderas en flor corrió mi pie ligero,
dejó su huella en la húmeda arena, buscó perdidos senderos,
holló
las duras aceras de las ciudades y sube por escaleras que no sabe a
donde llegan. LOS SENOS Son dos plácidas colinas que apenas mece mi
aliento, son dos frutos delicados de pálidas venaduras, fueron dos
copas llenas próvidas y nutricias en la plena estación y siguen
alimentando dos flores en botón.
LA CINTURA Es el
puente cimbreante que reune dos mitades diferentes, es el tallo
flexible que mantiene el torso erguido, inclina mi pecho rendido
y gobierna el muelle oscilar de la cadera.
Agradecida adorno mi
cintura con un lazo de seda. EL SEXO Oculta rosa
palpitante en el oscuro surco, pozo de estremecida alegría que
incendia en un instante el turbio curso de mi vida, secreto siempre
inviolado, fecunda herida. LA PIEL Es tan frágil la trama
que la rasga una espina, tan vulnerable
que la quema el sol, tan
susceptible que la eriza el frío. Pero también percibe mi piel
delgada la dulce gama de las caricias, y mi cuerpo sin ella sería una llaga desnuda.
LOS HUESOS Alabo el tibio ropaje la apariencia
el fugitivo semblante. Y casi olvido la obediente
armazón que me sostiene, el maniquí ingenioso, el ágil esqueleto que me lleva.
EL CORAZÓN Dicen que es del tamaño de mi
puño cerrado. Pequeño, entonces, pero basta para poner en marcha todo esto.
Es un obrero que trabaja bien, aunque anhele el descanso,
y es un prisionero que espera vagamente
escaparse. LAS
VENAS La floración azulada de las venas dibuja laberintos misteriosos
bajo la cera de mi piel. Tenue hidrografía
apenas
aparente, ágiles cauces que conducen deseos y venenos y entrañable
alimento. LA SANGRE Secreto corre el torrente
de mi sangre
rápida. Inmenso es el río que en subterráneos meandros madura y
nutre el ámbito de mi vida profunda. La cálida corriente que me
inunda en la flor de la herida se derrama. EL SUEÑO
En
tan blando nido mi corazón descansa, ni lo asombran los perdidos
fantasmas que se asoman. Pasa por mi sueño la ola calma de mi
respiro. En tanto olvido el tiempo de mañana se prepara, mientras estoy viviendo
efímera muerte.
EL ALIENTO
No
se de donde viene el viento que me lleva, el suspiro que me consuela,
el aire que acompasadamente mueve mi pecho
y alienta mi invisible
vuelo. Yo soy apenas la planta que se estremece por la brisa, el
sumiso instrumento, la grácil flauta que resuena por un soplo de
viento.
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